Una novela sobre el día a día en los 70

Fernando Abad entrevistó a María Rosa Lojo a propósito de Todos éramos hijos. El texto se publicó en el portal de El tribuno el 12 de octubre pasado; pueden leerlo por acá o desde el link:

http://www.eltribuno.info/una-novela-el-dia-dia-los-70-n453907

En Todos éramos hijos, la escritora María Rosa Lojo desovilla una historia coral protagonizada por Frik, una alumna de colegio de monjas que -como muchos adolescentes de los 70-, experimenta el impacto de los cambios religiosos durante los años previos al golpe de Estado, y es testigo de una sociedad sacudida por un vendaval llamado iglesia tercermundista. La publicación de Sudamericana es una novela con muchos matices autobiográficos y da cuenta de las marcadas diferencias generacionales entre padres antiperonistas e hijos dispuestos a asimilar los cambios con coraje.

La autora de éxitos como La pasión de los nómades, La princesa federal, Una mujer de fin de siglo, Las libres del Sur y Finisterre dialogó con El Tribuno acerca de su último libro.

La historia que narra en este libro tiene que ver con su adolescencia. ¿Me cuenta cuál fue el contexto de esa etapa de su vida?

Eran los comienzos de la década del 70, un período de grandes cambios para la Argentina en general y dentro de las escuelas religiosas a las que concurren los estudiantes de mi novela. Después del Concilio Vaticano II, después del cónclave de los obispos en Medellín, hay un giro importante de la Iglesia Católica. Se declara la “opción por los pobres”, surgen los llamados “curas del Tercer Mundo”, la vida religiosa se asume en relación directa con lo concreto y cotidiano, con las necesidades de los desposeídos y también con la identidad y la cultura locales. Curas y monjas dejan los hábitostradicionales, muchos abandonan el espacio protector de las congregaciones y van a insertarse en la comunidad, en zonas humildes y a veces, indigentes. La mirada de la religión y la de política coinciden en condenar la pobreza como fruto de un orden injusto que debe ser modificado. Y muchos de los más jóvenes se comprometen con la acción social y a veces también con la acción política partidaria.

También hay cambios políticos…

Sí, son los años de surgimiento de Montoneros, y de otras organizaciones guerrilleras. Los del fin de la proscripción del peronismo. Cuando los adolescentes de este libro empiezan la Universidad, todo es anticipo y promesa: se espera a Perón como al líder que reorganizará la Argentina. Cuando la terminan, después de violentas oscilaciones y conflictos (dentro y fuera del peronismo), una nueva Dictadura militar se ha instalado en el poder, con características atrozmente inéditas. Muchos activistas y muchos religiosos y creyentes comprometidos pagarán con la desaparición y la muerte su compromiso. Y todo sucede en poquísimos años: menos de una década.

¿En qué temas centrales ha elegido ser fiel a su propio pasado y cuáles prefirió ficcionalizar y por qué?

Tiene elementos autobiográficos, pero en este sentido hay que hacer algunas reservas. Incluso una autobiografía formulada específicamente como tal, no deja nunca de ser una construcción imaginaria. Siempre el “yo” es de algún modo ficticio, una auto interpretación. Y por supuesto, supone un gran desplazamiento en el tiempo: verse a sí mismo desde otro lado en el que antes no se estaba. Esta novela continúa un camino iniciado en la anterior, Árbol de familia (2010), donde hay una voz narradora en primera persona que no cuenta mucho de sí misma perosí despliega las ramas de un vasto árbol familiar. Un árbol que desemboca en la familia nuclear de Rosa, cuya mirada organiza el texto en los dos libros. En ambos están Ana y Antonio, sus padres, y su hermano Fito. Pero en Todos éramos hijos, Rosa (a la que sus compañeras apodan Frik) se mueve en el ambiente escolar y universitario de la década del 70. Ese clima creo que está planteado con mucha fidelidad a lo sentido y lo vivido, y en ese aspecto es testimonial.

¿La política era tema de charla en su casa?

Sí, era un tema de charla inevitable, pero no tanto por lo que se vivía en la Argentina, sino por la carga que mis padres traían de España. Eran dos sobrevivientes de una crudelísima Guerra Civil con un saldo de un millón de muertos. Y como en casi todos los hogares españoles, había miradas divergentes, opiniones y experiencias divididas. Mi papá,gallego, venía de un núcleo familiar de extracción rural, en su mayoría republicano y anticlerical. Mi mamá, madrileña, de una familia venida a menos, en su mayoría conservadora y católica. Los dos observaban lo que ocurría en la Argentina con preocupación y también en tanto y en cuanto les recordaba situaciones vividas en España. Papá, como tantos socialistas argentinos y europeos, no simpatizaba mucho con Perón. Le molestaban sus amistades con dictadores, las actitudes que veía como demagógicas, y desde ya, pensaba que los jóvenes militantes se equivocaban seriamente en su idea de un Perón socialista, que estaríadispuesto a pasar el mando a las nuevas generaciones.

¿Puede decirse que, de alguna manera, escribir esta novela fue una especie de catarsis para usted?

La literatura suele tener un aspecto catártico. Los que escribimos por lo general necesitamos hacerlo, creando vidas alternativas y mundos imaginarios donde se proyectan nudos conflictivos que así podemos llevar a un primer plano de la conciencia personal y colectiva.

 

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