Una época tormentosa y veloz

El diario El litoral de Santa Fe publicó el jueves pasado una muy buena entrevista sobre Todos éramos hijos. Léanla por acá:

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2014/09/25/arteyletras/ARTE-02.html

Se ha escrito poco, desde la ficción, sobre el papel de la Iglesia del Tercer Mundo en la génesis de los movimientos sociales y políticos de los ‘70, e incluso, de la militancia armada. ¿Por qué esta elección temática?

Ante todo, porque ese clima me tocó de cerca. Fui a un colegio religioso (el Sagrado Corazón, de Castelar) donde la Teología de la Liberación prendió muy fuerte. Los cambios a partir del Concilio Vaticano Segundo y los Documentos de los Obispos en Medellín (1968) fueron enormes y repercutieron inmediatamente sobre lo cotidiano. Ya no había misas en latín. Curas y monjas se vestían de manera más parecida a las personas normales, muchos abandonaban la protección conventual de los colegios (aunque siguiesen enseñando en ellos) para insertarse en el mundo, en las villas miseria o en zonas humildes de la periferia, ejerciendo lo que se llamó “la opción por los pobres”. En ese contexto, desde la fe renovada del Evangelio, compañeras mías que más tarde serían militantes, comenzaron a interesarse por el trabajo social, junto a muchachos del colegio de curas de enfrente. Con ellos también hacíamos representaciones teatrales, como la de Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, que se lleva a cabo en esta ficción. Toda la novela es muy teatral, se divide en actos, no en partes, y termina con una breve pieza de teatro, planteada como diálogo con los muertos.

¿Por eso el título: “Todos éramos hijos”?

Hay un juego deliberado con la obra de Miller, donde en cierto modo se refleja y proyecta la situación que los personajes de la novela ya están viviendo. El enfrentamiento entre padres e hijos; la responsabilidad de padres que parecen ciudadanos ejemplares pero no lo son tanto, porque antepusieron la ganancia y la ambición al deber y a la solidaridad. Y también, la violencia colectiva, en la cual las generaciones más jóvenes suelen ser las primeras víctimas, las que van al frente. Como alguna vez bien dijo el psicoanalista Rascovsky, nuestra cultura judeocristiana está basada sobre el filicidio, sobre la muerte del Hijo. Por otro lado, todos hemos sido hijos, y en tal calidad hemos juzgado a nuestros padres, como nuestros hijos nos juzgan a nosotros, para bien y mal, para imitarnos o para reprocharnos por el orden de un mundo donde nadie ha elegido nacer.

¿Podría decirse que es también una novela sobre la adolescencia, más allá de la coyuntura histórico-política?

Sin duda. Cuando la intriga de la novela comienza, los personajes tienen 16 ó 17 años. Es el período más conflictivo en la formación de una persona, donde todo se cuestiona. Rosa, a la que apodan Frik, es la mirada focalizadora y la que concentra mayor densidad de preguntas y perplejidades. Algunos, como Esteban Milovich y su novia Silvia, o Pancho y Andrea, intentan resolver esas angustias en la acción. También Frik actúa, aunque de otra manera introspectiva que la llevará, como a su amigo Daniel, a la vocación artística. El proceso es particularmente duro para todos (hijos y padres), en esta época tomentosa y veloz, donde se suceden, entre el 70 y el 76, cambios radicales en la sociedad y la política argentinas, que fuerzan a los más jóvenes a tomar decisiones inmediatas y poner en riesgo su propia vida sin haber tenido ni tiempo siquiera para madurar.

¿Hay una continuidad con la novela anterior, “Árbol de familia” (2010)?

Sí. Acá ya no están las frondosas ramas de todo el árbol. Pero reencontramos a la pequeña familia de Rosa/Frik: sus padres Ana y Antonio, su hermano Fito. Desde los ojos críticos de Antonio, el republicano exiliado, la figura de Perón adquiere una dimensión perturbadora, que se verá confirmada por la fractura del peronismo y el desengaño de muchos nuevos militantes.

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