Forma oculta del mundo

Ediciones Ultimo Reino. 1991. Buenos Aires. Argentina
 
Forma oculta del mundo
 
 

1 Todo parece el instante de un pavor nocturno –aunque muy secretamente soleado- en este libro de María Rosa Lojo: Forma oculta del mundo.

Llegan habitantes del sueño, con sus palomas de leves, o de penetrantes, trascendencias, y llega todo lo inexplicable de la divinidad de la Poesía deslizándose desde la tierra recóndita, que seguramente existe en los mares de la muerte. Tierra invisible, que llega en largos furgones de cristal negro, con transparencia casi paradisíaca. Furgones conducidos por una plegaria de ángeles, que cantan para el terrestre corazón humano, cansado de las sonoridades de las grandes ciudades del dinero.

2 Se entornan los párpados de las ventanas y las puertas del sueño, y entran mujeres alumbradas por los colores de una luna mestiza, de ojos rasgados por los rayos de un sol de entresueño, sonriendo en una casi inconciente tarea de reconstrucción, desde un negro sol de agua que las protege con su silencio.

3 Llegan también palomas negras, azucaradas por tinieblas, con un resplandor de crepúsculo color de diablo, y traen azucenas en sus pestañas. Vienen a despedir, a tratar de despedir al reinado de todos los tristes dioses. Vienen a favorecer a la coronación más postergada siempre: la de la hermandad.

4 Llega una plegaria ¡tan terrestre! de ángeles ardientes, con pétalos morenos, que baten sus alas junto a los largos furgones de cristal, donde viajan las apariciones que envían las fraternidades del cielo y de la tierra, unificados en un relámpago muy lento, de tinieblas y colores: es la plegaria de la bella Doncella Construcción.

5 Dice María Rosa Lojo en el texto titulado Tan futuro:
“Has conocido la suma de los días, número sin sentido, insensible a las duras calidades del ser que juega y huye, o esforzado aminora la cerrada sequedad de aquellos corredores ministeriales y monásticos, de aquellos trenes con tanto destino árido. Alguien señala desde el puente superior, irrestañablemente verde, alguien descerraja las avaras cancelas que impone la pobreza del no mirar.
Tan futuro, tan húmedo y hacia los ríos: este ser descubierto en el redondo esplendor que fluye”.

Y yo le digo:
Sí, tan futuro y hacia los ríos, y, al mismo tiempo, alguien que señala desde el puente superior. He aquí un abrir y cerrar de ojos, desde el lujo al desamparo, desde un puente verde para siempre en la gran boda del silencio y la sonoridad, desde un alto mirar entre los ríos que fluyen, tal vez, desde hondonadas iluminadas por lámparas de la natalidad de algún dios, señalando la ruta de la infinitud. Una ruta que, inexorablemente, se ilumina cuando pasa el carruaje de una poeta de tan bella y honda legitimidad, una poeta sobrecargada con la imagen plena de un celeste-negro con sangre, liviano, ardiente y blanco, un celeste regresando desde el fondo de la casa de la ética de los sueños, de los sueños encendidos de la vida y de la muerte.

En otro texto titulado La pared, leemos:
“Del otro lado de la pared cantan el amor y el odio de todos los siglos. Vínculos de almas ya muertas que se estrechan en las grandes casas vacías, a la sombra de los bosques eternos.
Podrías arrancarte la máscara que usas para dormir, cruzar del otro lado y escucharlos. Pero sigues escribiendo sobre la mesa de la fruta y el vino, sólo atenta al llamado de los trenes oscuros que cruzan infinitamente el mundo”.

Y yo le digo:
¿Acaso estas almas, ya muertas, no serán las que mandan? Esta poeta recibe mandamientos cuando viaja hacia las puertas de esas casas vacías, mandamientos que luego proyecta desde el foco central de una bellísima claridad, para que se graben en la pantalla viva de la condición humana, ampliando los límites de esa condición.

Ahora voy a leer Magnificat:
“Sombras vencidas por los vientos, el río y la noticia. Vencidas remando a contracorriente, haciendo astillas las vigas de la luz.
Avanza en los rincones de la mañana de remotos, lúcidos soñadores, que dicen de las regiones de la vida y de la muerte cantando hacia el Sur.
El Sur oculto y abierto, partido como las frutas y los días, arrasado por ecos. Caballoeco y marsonido en las costas azules, pino creciente en la ruptura del sueño, rodantes rocas en el valle de felicidad.
Y dices Sur y alegría y promesa y tus lágrimas caen, rápido-amargas en la curvatura de una mano que antes recogió viajes y estrellas, aspas de pinos en el vientovoz que cuida la memoria de tus muertos mientras creces, envuelta en la promesa del Sur, grávida, esperando, deshilando las sombras en el huso de tu destino, urdiendo las campanas de la noticia”.

Y a esto le digo:
Partida como las frutas y los días llegó y es cazadora de paisajes profundos, en el nombre de todo lo viviente, recorriendo el cuadro-vivo de lo visible y lo invisible, cuyos colores reparte, con una tentativa de la libertad ardiente. Campana de la noticia, que, a veces también es de lágrima negra, que sangra desde el corazón de un amplio deseo, recogiendo viajes y estrellas.

Ahora leo el texto El cuadro:
“Sentada contra un paisaje sin fin, quisieras apresar lo lejano, dar de comer al pájaro que canta sobre el roble intangible, en una tela blanca. No hace falta pincel. Con el dedo del corazón vas trazando los colores que no existen en el marco vacío, el único escenario a tu medida, profundo y silencioso como el deseo. Cierra los ojos para que el mundo crezca en la soledad de tu sueño y cuando ha florecido en la corona de una rosa absoluta quieres ver, otra vez la tierra nueva. Sobre la tela, ese rostro desconocido, tu rostro, heredado de un Dios que todo lo abandonó, y en tus ojos el pájaro incesante lo recuerda”.

Y yo le digo, finalmente:
¿Acaso puede cantar con tanta libertad la canción que invoca al Dios que todo lo abandonó? Sí, se puede, como en este caso, cantar con el dedo del corazón. Trazando los amores humanos y divinos, abriendo las ventanas y las puertas que dan a la infinitud, para que el Ser se comunique y arda con el pájaro incesante del rostro de todas las formas ocultas del mundo, iniciando, tal vez, la primera blanca-de oro Natividad sobre la tierra antigua, estrellada de luz nueva, en la comarca gobernada por el más puro deseo de todos los colores.

Francisco Madariaga

(Junio de 1991)

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