La nueva novela de María Rosa Lojo

En Iberoam publicaron una entrevista a propósito de Todos éramos hijos que retoma la visión testimonial de la novela y su continuidad con Árbol de familia. La pueden leer por acá o siguiendo el enlace:

http://iberoam.wordpress.com/2014/08/24/la-nueva-novela-de-maria-rosa-lojo/

 

María Rosa Lojo II

 

¿Se podría decir que Todos éramos hijos es tu novela con más componente político?

Todas mis novelas tienen componente político, porque siempre me ocupé de la construcción de las naciones (y la nuestra en particular) de la lucha por el poder, de la discriminación de clase, género y etnia, del combate por los derechos de las minorías, de los excluidos, de los marginales. Esos tópicos recorren mi ficción histórica en su totalidad.

Pero esta, sí, es la novela que tiene mayor componente político relacionado con la historia reciente. Con hechos traumáticos que pesan sobre el hoy, y de los que yo misma fui testigo.

 ¿En qué sentido estableces una continuidad con Árbol de familia? 

En este libro reaparecen personajes centrales de Árbol de familia: la voz narradora, en la mirada de Rosa (a la que sus compañeras de colegio apodan “Frik”), sus padres Ana y Antonio y su hermano Fito. Los lectores pueden asomarse así a la adolescencia de Rosa, a sus conflictos, y a la historia de Ana y Antonio en la Argentina. Pueden volver a verlos desde otra perspectiva. Y comprender los conflictos políticos de la década del ’70 también desde lo que ellos piensan y sienten. En el caso de Antonio, que ha perdido la Guerra Civil y la tierra propia, se evalúa con escepticismo crítico la figura de Perón y su relación con los jóvenes. Sus palabras resultan proféticas en cuanto a conflictos que van a terminar estallando poco después.

¿Es por alguna razón en particular que rescatas este tema de nuestra historia reciente ahora; en este momento actual de la democracia, o simplemente tu cronograma de escritura así lo ha requerido? 

Creo que me llegó el momento de hacerlo. No escribo presionada específicamente por circunstancias sociales, sino sobre todo por una evolución interior. A esta altura ya me sentía en condiciones de mirar hacia atrás, decantar la experiencia y reconectar ese pasado con mi presente. Una de las cosas más conmovedoras fue caer en la cuenta de nuestra extrema juventud en el momento en que todo se precipita. Los compañeros del grupo de Frik que mueren en la novela son apenas mayores que el más chico de mis hijos (hoy de 21 años), y mucho menores que mi hijo mayor (de 33). A la edad de ellos también Antonio, el padre de Frik, estaba combatiendo en la Guerra Civil, y a Ana ya le habían fusilado el novio con el que iba a casarse.

Muchos de los jóvenes que fueron adolescentes en los ’70 murieron antes de poder siquiera madurar. Tuvieron que tomar, a toda velocidad, empujados por el ritmo febril de la Historia, decisiones en las que se les fue, literalmente, la propia vida. Como sobreviviente de aquella época turbulenta, los miro y me miro. Y pienso que los hijos siempre juzgan a los padres, a veces para seguirlos, a veces para enfrentarlos. Y que nadie puede escapar a la responsabilidad que le toca en la construcción del mundo que deberá legar a la generación siguiente.

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