La escritura que repara

Patricia Severín reseñó Árbol de familia para el diario El Litoral, de Santa Fe. El texto, por acá o siguiendo el link:

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/05/08/arteyletras/ARTE-03.html

 

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María Rosa Lojo, en “Árbol de familia”, enlaza dos mundos: el de la tierra de origen de sus padres (España: Galicia y Madrid), y Argentina, la de sus descendientes. En un ejercicio escritural, cuya argamasa es la memoria y las vivencias (sobre todo ajenas y familiares), intenta explicar (y explicarse) qué pasó con los que vinieron, con los que vinieron y retornaron, y los que se quedaron y son llevados “a cuestas” por los que aún viven.

Como todo ejercicio de memoria y recuerdo, la autora prioriza eslabones, elige momentos, anécdotas y personajes. Una galería de adorables criaturas literarias, el bígamo, la hechizada, Antón, el rojo, Doña Ana, la bella, son algunos de los fantasmas que se encaraman entre las ramas de este “Árbol de familia”, y dan carnadura a personajes de ficción que, alguna vez, fueron reales.

La narradora innominada se aleja y se acerca de la autora en un juego vaivén que, podría decirse, es el juego pendular del libro: aquí y allá, idas y vueltas, muertos y vivos, locos y cuerdos. Hay un corredor por el que se deslizan los fantasmas, entre Finisterre y la Pampa, y al que la narradora descubre y utiliza, para volver al lugar en donde nunca había estado.

¿Cómo logra Lojo mantener la distancia y, a su vez, no perder calidez en lo narrado? La voz que cuenta da fe de breves historias, retazos, rompecabeza mal pegado, en una sucesión de relatos que se asemejan a fotos o postales. De este modo adopta una mirada que no juzga, y describe personajes tan fascinantes como dolorosos. Por otro lado, utiliza la ambigüedad de la poesía para que sus criaturas dancen en una atmósfera mágica; allí es posible contar lo imposible, la herida no cerrada, la sutura en falso, lo que viene de siglos, lo desconocido.

Somos raíces y ramas y, como tales, descendemos de linajes familiares que se unieron en un punto remoto hasta llegar a nosotros. Es lo que Bert Hellinger llama Alma Familiar. Nacer en una familia implica formar parte de una compleja red de lazos que se expresan como lealtades, alianzas, secretos, inclusiones, exclusiones, y guardan un orden determinado. Pero el Alma Familiar no tolera olvidos. Lo que hoy sucede a un miembro de la familia puede encontrar su origen en actos lejanos en el tiempo y en el espacio, pero presentes en la memoria (consciente o inconsciente) de cada uno. Si logramos restituir a cada cual su lugar en el sistema, respetando su particularidad y destino, permitiremos que el amor fluya. Para que esto ocurra, Hellinger propone lo que dio en llamar Constelaciones Familiares. “Árbol de familia”, podríamos decir, es el resultado personal de esas Constelaciones, en que la autora participó como espectadora.

¿Qué es una familia?, se pregunta; en vez de respuestas sólo tiene más preguntas. Elabora entonces su propio Credo, el impuesto por los hechos, que pertenece sólo al reino de este mundo, donde ninguna culpa se pierde enteramente, y todo se transforma sólo a medias.

María Rosa Lojo propone, en “Árbol de familia”, una escritura que repara las heridas, los vínculos, y coloca en su sitio a los antepasados de manera similar al método Hellinger. Y le agrega un plus: nos cuenta de un padre virtual, encontrado debajo de otra foto, la de su abuelo, en el relicario de su madre y que, también, debe ser honrado. Ese novio primero, ese amor inconcluso, esa historia no cerrada en el interior de Doña Ana, hizo crecer la idealización del hombre que pudo haberla llevado al altar pero fue fusilado en una zanja, en la violencia de la Guerra Civil, poco antes de la boda. Ana, la bella, quedó prendida a ese muerto más que a la vida. Como si su alma de sobreviviente tuviese que cargar para siempre la desdicha de haberse quedado entre los vivos. Le hablaba a su única hija y la de Antón, el rojo-, la narradora, de la remota posibilidad de que su padre, por algún milagro inexplicable hubiese podido ser “ese otro”, amor primero y único. Es entonces que, ese falso padre verdadero, pasa a tener un lugar en el sistema como si fuese real, y sigue siendo recordado hasta hoy, por esta única “descendiente”.

La diáspora de la Guerra Civil, los vencedores y vencidos de ambas orillas, se entrelazan y sucumben, en sus propias tragedias individuales. La vejez y los actos suicidas de Doña Ana, la muerte del padre, las tumbas del tío Adolfo, el loco Domingos, dan vida a esta novela que nos muestra de qué manera es posible transfigurar la historia personal en literatura. De qué material puede estar hecha la ficción cuando se la aborda sin prejuicios, y con el profesionalismo que caracteriza a Lojo.

 

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